El pasado 28 de noviembre
y tras numerosas adversidades, LUCA consiguió oficiar su primera
actividad del curso, un didáctico viaje al Parque de las Ciencias de
Granada, con una acogida por parte de los estudiantes digna del mas
sincero de los agradecimientos. Como no podía ser de otro modo, el
humilde redactor de este humilde blog partió junto con el resto de
estudiantes en calidad de cronista y en la mas estricta
confidencialidad, digno del mejor de los reporteros de guerra, solo
para contar de primera mano como fue su experiencia.
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| Llegada al parque |
A la entrada del parque,
Granada nos recibió afectuosamente con su particular micro-clima: 5
grados menos que en Jaén, lo que hacían un total de 8 vigorizantes
grados al sol. En un primer momento me cuestione que hacia
exactamente ahí, cansado, legañoso y con frio; solo cuando recordé
la cantidad de ceros que tiene mi cheque se me paso y entre al parque
junto a los demás deseando saber que nuevas exposiciones e
instalaciones iba a ofrecerme el parque. Fue en la presentación
cuando descubrí que no era el único que ya había viajado
anteriormente al parque, la mayor parte de mis compañeros levantaron
la mano cuando la guía, tras acabar con una amplia sonrisa el
listado de todas las actividades y horarios, preguntó sí era
nuestra primera vez; matizo, solo había una muchacha que no levanto
la mano, pero era extranjera -de un pueblo perdido de la sierra
manchega- así que no contaba. Poco después de terminada la
presentación el grupo se disgregó y la visita comenzó oficialmente
¿dónde ir, qué hacer? Eran preguntas que asaltaron a mis
compañeros de travesía. Y como somos unos morbosos nos encaminamos
directamente a la sección de momias no sin antes encontrarme al
protagonista de mis pesadillas esta semana: un robot a tamaño
natural cuyo inexpresivo rostro y movimientos mecánicos convertían
a Terminator en un robot familiar amigo de los niños. Pero lo mas
perturbador no eran sus facciones antinaturales ni su voz cacofónica,
era esa mirada que temías sostener so pena de perder tu alma y los
pocos resquicios de cordura. Así que me encamine raudo a la sección
de momias, todo lo que allí hubiera iba a ser un camino de rosas en
comparación. Y dad gracias a que no le fotografiamos.
Al llegar a la exposición
la sala estaba apenas iluminada por unas guirnaldas del techo que
creaban una atmósfera enrarecida mas propia de la exposición de
Cuarto Milenio que de una del Parque de las Ciencias.
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| Uno de los salones de las momias |
Al principio, tras el susto con aquel engendro biomecánico, no
creía poder encontrar imágenes mas inquietantes: me equivocaba.
Cada vitrina estaba repleta de cuerpos de todas las edades y épocas
momificados en posturas inhumanas y con rictus estáticos de horror,
como si se hubieran congelado en un grito de agonía. Cuando he dicho
de todas las edades no me refería a que fueran momias incas o
egipcias, que también, me refería literalmente a eso: en la
exposición tenían varones y mujeres adultas, niños pequeños y
hasta un feto en distintos estados de momificación, algunos
verdaderas proezas de la taxidermia, otro atrezo para una película
de John Carpenter. Mas de una vez me gire para encontrar el mismo
gesto de impresión en mis compañeros. Confieso que hasta no llegar
a la zona egipcia no me sentí a gusto conmigo mismo y que los
recuerdos que tengo de esa parte de la exposición son borrosos;
excepto una vitrina en que explicaba como se momificaba un cuerpo de
forma natural y el método jíbaro para reducir una cabeza humana. Es
imposible que eso no llamara la atención de nadie.
La sección dedicada al
antiguo Egipto fue bastante mas agradable y mucho mas interesante a
mi criterio. En varias vitrinas se agolpaban numerosos instrumentos
de taxidermia, la mayoría punzones con distintas puntas cuya función
sigo ignorando porque me negué a leer las etiquetas. La siguiente
vitrina mostraba varios animales momificados: gatos, lagartos, un
halcón. Al parecer los faraones no contentos con sepultarse junto a
sus esposas y concubinas también debían momificarles los animales
domésticos para que les acompañaran al otro mundo, los muy
egoístas. Lo que mas me impresiono de esa sección fueron los
sarcófagos de madera y el dorado rostro de la tumba del faraón
niño, Tutankamon; era una replica, si, pero a mi me fascino.
Subiendo las escaleras la
exposición continuaba con un monográfico a Otzi, la famosa momia
preservada incorrupta en los glaciares alpino-italianos. Las momias
no me iban a dar una tregua, o eso creía, porque tuvimos que
interrumpir la visita en ese tramo para llegar a la apertura de la
exposición del Titanic. Sin embargo, algunos de nuestros compañeros
si pudieron verla en todo su esplendor, con su rostro de alien y un
ademan tan castizo como es una peineta. La naturaleza tiene un
sentido del humor bastante mas negro que el mio.
A la salida de aquella
sala de los horrores y ya encaminados hacia la siguiente exposición
un sonido familiar nos sorprendió. Venia de un piano cercano puesto
a disposición del publico. En el, un muchacho de mas o menos nuestra
edad estaba tocando la canción del anuncio de la lotería de este
año con una profesionalidad y perfección que casi parecía grabado.
Todo el mal sabor de boca de la exposición se me paso en el acto y
fui a ver el hundimiento del Titanic con el pecho henchido de
ilusión, ilusión que se me evaporaría en unos minutos al entrar en
la sala del hundimiento de El Barco de los Sueños.
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| Vídeo introductorio del Titanic |
Tras un vídeo introductorio bastante emocionante, que creo es
un formalismo constante en cada exposición del parque, los guía nos
obsequiaron con unas audioguías para enriquecer la experiencia. Y
vaya si la enriquecieron. El comentario era tan prodigo y detallista
que al salir del edificio te sentías todo un erudito en el tema y
deseando sacarlo en la conversación para ser el centro de atención
de todas las chatis. Gran parte de la fuerza del recorrido residía
en la audioguía, pues si solo se hubiera limitado a los objetos
extraídos de la embarcación como remaches, vestidos, cubertería,
luces, cabos y nudos marineros, carbon de las calderas, tendría
bastante menos que contaros aquí y no
hubiera permanecido
casi una hora allí
contemplando cada objeto como si estuviera bañado en oro y engarzado
en diamantes. Por que si, absolutamente todos mis compañeros
estuvimos casi una hora viendo elementos del Titanic y empapándonos
de las historias de las personas que vivieron sus últimos minutos en
él. Como, por ejemplo, la de los músicos, que permanecieron tocando
mientras todos intentaban subir a los botes salvavidas para, según
sus propias palabras, “hacer algo mas agradable una muerte segura”.
Como muchos otros, se hundieron junto al barco sin intentar ponerse a
salvo. Esta una de las muchas historias que durante la exposición me
sacudieron y pusieron los pelos de punta; a día de hoy esa es la
fuerza que tiene el hundimiento del Titanic y que sobrecogió a
tantos cuando vieron la película, a la que también da un buen
repaso la audioguia, sacando a coalición algunas decisiones
creativas que más que licencias artísticas se enmarcan más en la
difamación histórica.
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| Maqueta del Titanic |
Cuando finalmente
concluimos el recorrido y salimos a la plaza del parque me fue
bastante difícil contener la emoción. Suerte que ya era hora de
almorzar y nos retiramos a un sitio a la sombra, al lado de un
ajedrez gigante y unos experimentos hidráulicos encantadores. Poco
después de almorzar y terminar una vergonzosa partida de ajedrez a
patadas, nos dirigimos al espectáculo de aves rapaces que acababa de
comenzar. Mejor dicho, cuando estábamos sentándonos el entrenador
compartía con todos los espectadores que a las aves no les gustan
los movimientos bruscos durante la exhibición ni que se tenga comida
en su presencia, pues podrían cruzárseles los cables y lanzarse
contra el incauto que incumpliera estas dos reglas. Si, nosotros
estábamos de pie en ese momento, aquella insinuación la recibí
tragando saliva.
La exhibición comenzó
unos segundos después con una pequeña lechuza que revoloteo
graciosamente sobre nosotros y a nuestro alrededor, seguida poco
después por un majestuoso búho real que deseaba que no me
sobrevolara. Sus alas eran enormes y su batir pesado, pero
increíblemente silencioso; tras unas cuantas demostraciones de su
envergadura y porte señorial abandonó la instalación para dar paso
a las rapaces de verdad, las diurnas. La primera de ellas fue un
águila de Harris, una especie de azor de tamaño medio que caza en
los bosques americanos sin que sus alas supongan un inconveniente; y
para demostrarlo el entrenador lo hizo atravesar las hileras de
asientos, con apenas un metro y medio de separación entre estos, y
lo hizo sin ninguna dificultad. Luego le siguió un águila escalada,
también americana y muy parecida a nuestras águilas culebreras, que
llego volando desde su atalaya en el mirador del parque para caer
sobre un trozo de carne oculta bajo una lona. La ultima demostración
de gracia y maniobravilidad aérea vino a cargo de un halcón
peregrino, al que le hicieron perseguir un señuelo atado a una
cuerda que no paraba de girar y girar su entrenador. Sinceramente,
viendo los giros que daba la cuerda temía que en uno ellos el pobre
animal recibiera colleja que lo dejara tieso, pero, lo dicho, era un
ave muy hábil. Finalmente, unos buitres entraron a escena sin
realizar ninguna cabriola ni mostrarnos sus aptitudes, pues a los
pobres los habían herido o envenenado en su habitat natural; sin
embargo, conservaban ese aspecto tan característico, entre
majestuoso y despeluchado.
Muy cerca de donde había
tenido lugar el espectáculo se encontraban, en un recinto apartado,
el resto de rapaces en sus respectivos postes. Había rapaces de todo
tipo y tamaño, pequeños mochuelos y cernícalos, autillos, varios
halcones y águilas de tamaño medio, un buitre que, literalmente,
estaba durmiendo panza arriba, y una impresionante águila imperial
que ocupaba el centro del recinto vallado. Era tan enorme e imponía
tal autoridad que con solo desplegar sus alas hizo el silencio entre
sus compañeros que, hasta entonces, no paraban de graznarnos con muy
malas intenciones.
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| Una de las mariposas azules |
Nuestra siguiente parada
fue el mariposario, bastante mas humilde que la anterior, sin duda.
Cuando llegamos, embozados en nuestros abrigos y bufandas, una
vaharada de calor y humedad ecuatorial nos abofeteo
inmisericordemente y nos lleno los pulmones de un perfume a helechos
y palmeras.
Entre el exuberante
follaje se ocultaban mariposas de todos los tamaños y colores:
enormes alas pardas con ojos de búho, pequeñas con alas azules
refulgentes, mosaicos rojos y algunas atigradas, algunas revoloteaban
a nuestro alrededor, aunque la mayor parte de ellas permanecían
estáticas en el techo del invernadero y otras sobre las enormes
hojas de las palmeras. En el centro de la instalación, para dar aun
mas la sensación de estar en Jurassic Park, había una pequeña
laguna en la que nadaban perezosamente tres galápagos y varias
carpas doradas. Debían estar muy malcriadas, porque se acercaban a
nosotros y se dejaban acariciar la cabeza por los cuidadores del
mariposario, como si con una carantoña de cachorro fueran a darles
de comer. Que les funcionaba, ojo.
Unas vueltas mas
alrededor de la laguna y salimos de la instalación, empapados en
sudor y un servidor con la libreta arrugada de la humedad. Para
despedirnos definitivamente de los exteriores del parque y volver a
entrar en los recintos, decidimos recorrer un poco mas sus jardines,
sentarnos un rato con la estatua de Darwin o sobre una de sus
tortugas gigantes, contemplar las construcciones megalíticas celtas,
sentarnos a la sombra de la jirafa de Lamarck y su cuellicorto
antepasado, ver el recuerdo en piedra que dejaron los astronautas del
Discovery, y perdernos un rato por el laberinto de setos perfumados
de azucenas, hierbabuenas, mentas y lavandas.
A media tarde llegamos al
planetario, para mi, junto con las aves rapaces, mi atracción
favorita. Desde el momento en que nos sentamos en aquella sala
circular y las luces se apagaron alrededor me sentí transportado a
un placido valle sin arboles, con los ojos cerrados, sabiendo que en
cuanto los abriera ante mi solo se encontraría el cielo estrellado.
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| Antes de iniciar la sesion... |
Y mas o menos fue así.
Acompañados por la voz de nuestro guía y los rasgueos de la
guitarra de Mike Oldfield -porque en el Parque de las Ciencias
también escuchan Célula Prima- pudimos distinguir los planetas de
las estrellas que pueblan nuestro cielo nocturno, distinguir Leo de
la Osa Mayor, orientarnos gracias a la Estrella Polar, ver la luz
agonizante del gigante Antares en la constelación de Scorpio, y
aprendimos a encontrar Pegaso y el cinturón de Orión. Uno se sentía
muy pequeño bajo el cielo nocturno artificial, y al salir uno seguía
con esa sensación de indefension, unida a un ligero dolor de cuello
por mantener aquella postura tan incomoda.
Desde ahí aprovechamos
para visitar la enorme atalaya con las dos hormigas gigantes
trepando, signo de identidad del parque y rasgo mas identificativo de
este. Por suerte, no subimos demasiado tarde y aun pudimos ver la
ciudad de Granada con suficiente luz como para apreciar sus la
catedral, la Alhambra y el Mulhacen con su cima nevada gracias a los
prismáticos que habían -gratis, sorprendentemente-. Aunque lo mejor
de aquella subida fue la bajada, en la que a cada tramo de escalera
superado un panel informativo te indicaba que ser vivo alcanzaba esas
dimensiones, como por ejemplo, una secuoya, un braquiosaurio... una
tenia, de 17 metros de altura. Una información necesaria para comer
tranquilo.
Ya nos acercamos al ultimo tramo de la excursión y a las
ultimas exposiciones, las, a mi entender, mas genéricas y aburridas
de todo parque temático de esta índole. Tras dar un breve paseo por
una sala repleta de animales disecados en distintas acciones y un
pequeño taller en que un taxidermista nos enseñaba someramente como
realizaba su trabajo encurtiendo lo que parecía ser una cabra; y
subrayo el parecía porque era un armazón de corcho-pan con una
cabeza caprina sin ojos ni cuernos; nos dirijamos a la exposición
sobre el cuerpo humano y la medicina. Y como es habitual en el parque
de las ciencias, la bienvenida siempre ha de venir de un ser informe
y monstruoso, esta vez, un aparato circulatorio humano sin osamenta
ni musculatura, una especie de medusa sanguinolenta con forma
humanoide preservada en formol que me quito la poca hambre que de
por si ya tenia. Dentro de la enorme sala, presidida por el esqueleto
suspendido de una ballena, se encontraban innumerables experimentos
que explicaban las extraordinarias capacidades de nuestro cuerpo
humano y el de otros mamíferos. Por ejemplo, una maquina que te
estornudaba con la fuerza de un huracán, otra que se reía de tus
problemas psicomotrices al ser incapaz de tocar una varilla metálica
al mirar por una rejilla, otro te exigía un salto de fe al querer
hacerte probar cinco sustancias que emulaban los cinco sabores de
nuestra lengua, una cámara térmica que te hacia sentir un Predator
extraviado y una célula eucariota por si los biólogos sentíamos
nostalgia. También, en varias peceras, se encontraban los llamados
ecosistemas cerrados, unas peceras herméticas con algas y gambas
perfectamente autosuficientes siempre y cuando estén iluminadas por
un foco, y un magnifico ejemplar de fósil viviente, un nautilus vivo
que me dejo boquiabierto, nunca había visto uno salvo en libros.
Poco mas puedo decir de esta sala sin sonar redundante, salvo por una
excepción: había un torso humano de plástico al que podías
eviscerar y recolocar sus órganos a tu gusto, y era una delicia ver
como los críos le ponían el hígado en el corazón al desdichado
maniquí. Aish, esos pequeños angelitos.
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| Nautilus |
Al principio he
mencionado el esqueleto de una ballena, pero he olvidado a sus otros
compañeros; y es que en el piso de arriba, al que se accedía por
una escalera cuyo lateral tenia una enorme superficie tapizada de
blanco que se suponía era la superficie de los pulmones humanos
extendidos. Inquietante. Allí en el piso de arriba habían bastantes
mas esqueletos de distintos animales: ciervos, leones marinos, zorros
voladores, caballos, leopardos... Ademas de varios animales disecados
tras unas vitrinas altísimas. Finalmente, muy cerca de la salida, se
encontraban unos cuantos cuerpos humanos modelados en cera que
presentaban distintas malformaciones y patologías cutáneas. Pero un
servidor ya había tenido suficientes impresiones morbosas a lo largo
del día, por lo que se escapo del grupo en cuanto tuvo la
oportunidad y se dirigió a la sala de los riesgos laborales.
No voy a extenderme mucho
hablándoos de esta sala porque, francamente, no se que interés
podría tener para el común de los visitantes una zona en la que
solo hay sillones ergonómicos, fotografías de accidentes de coches
y desastres naturales, esculturas de coches destrozados y... una
maquina en la que pones la mano para sentir en el pecho la magnitud
de un terremoto. Vale, esa ultima si merecía la pena solo por el
hormigueo que dejaba en tu cuerpo luego de utilizarla. Todo lo demás
era completamente prescindible de visitar, bajo mi humilde opinión,
no había nada interesante que justificara una visita.
Ya se acercaba la hora de
partir cuando me fije, sorprendido, en que no había pasado ni un
solo momento sin hacer nada, todo el día, desde las 11 que entramos
hasta las 6:30 que nos recogieron, había estado dando vueltas y
viendo atracciones, leyendo paneles y contemplando animales sin
haberme aburrido ni un solo instante. Al comienzo de la excursión lo
que mas me preocupaba era ver el parque y pasar las horas muertas sin
saber que hacer, y fue entonces cuando comprobé que incluso una sala
no la habíamos podido llegar a ver por falta de tiempo. Hasta la
fecha, de todas las veces que he visitado el parque, desde que era un
crio de primaria, pasando por la ESO y el bachillerato, nunca había
tenido una experiencia tan grata y completa como esta vez, en la que
he podido sacar todo el jugo y con una compañía tan estupenda y
divertida. Recomiendo encarecidamente este viaje a todos los que
disfruten viendo esta clase de museos y a los que simplemente quieran
pasar un buen día entretenidos y aprendiendo los misterios mas
humildes de la ciencia de la forma mas amena y divertida. Compensa
madrugar un poco solo para poder apreciar en su totalidad las
atracciones y en ningún momento sentirás que te has aburrido o que
no sabes que hacer hasta el regreso del autobús.
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| Granada se despide... |
Muchas gracias por
aguantar hasta aquí esta improvisada crónica del que probablemente
sea el espectador mas aprensivo, quejica y parlanchin de todo la
asociación LUCA, al que por desgracia dejaron al mando de este blog
para traeros esporadicamente sus impresiones de las actividades; que,
viendo el éxito de esta, no tiene intención de perderse, para
vuestro gozo o desolación, queridos lectores.











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