martes, 8 de diciembre de 2015

Crónicas de un biólogo reportero: Parque de las Ciencias de Granada

El pasado 28 de noviembre y tras numerosas adversidades, LUCA consiguió oficiar su primera actividad del curso, un didáctico viaje al Parque de las Ciencias de Granada, con una acogida por parte de los estudiantes digna del mas sincero de los agradecimientos. Como no podía ser de otro modo, el humilde redactor de este humilde blog partió junto con el resto de estudiantes en calidad de cronista y en la mas estricta confidencialidad, digno del mejor de los reporteros de guerra, solo para contar de primera mano como fue su experiencia.

Llegada al parque
A la entrada del parque, Granada nos recibió afectuosamente con su particular micro-clima: 5 grados menos que en Jaén, lo que hacían un total de 8 vigorizantes grados al sol. En un primer momento me cuestione que hacia exactamente ahí, cansado, legañoso y con frio; solo cuando recordé la cantidad de ceros que tiene mi cheque se me paso y entre al parque junto a los demás deseando saber que nuevas exposiciones e instalaciones iba a ofrecerme el parque. Fue en la presentación cuando descubrí que no era el único que ya había viajado anteriormente al parque, la mayor parte de mis compañeros levantaron la mano cuando la guía, tras acabar con una amplia sonrisa el listado de todas las actividades y horarios, preguntó sí era nuestra primera vez; matizo, solo había una muchacha que no levanto la mano, pero era extranjera -de un pueblo perdido de la sierra manchega- así que no contaba. Poco después de terminada la presentación el grupo se disgregó y la visita comenzó oficialmente ¿dónde ir, qué hacer? Eran preguntas que asaltaron a mis compañeros de travesía. Y como somos unos morbosos nos encaminamos directamente a la sección de momias no sin antes encontrarme al protagonista de mis pesadillas esta semana: un robot a tamaño natural cuyo inexpresivo rostro y movimientos mecánicos convertían a Terminator en un robot familiar amigo de los niños. Pero lo mas perturbador no eran sus facciones antinaturales ni su voz cacofónica, era esa mirada que temías sostener so pena de perder tu alma y los pocos resquicios de cordura. Así que me encamine raudo a la sección de momias, todo lo que allí hubiera iba a ser un camino de rosas en comparación. Y dad gracias a que no le fotografiamos.

Al llegar a la exposición la sala estaba apenas iluminada por unas guirnaldas del techo que creaban una atmósfera enrarecida mas propia de la exposición de Cuarto Milenio que de una del Parque de las Ciencias.
Uno de los salones de las momias
Al principio, tras el susto con aquel engendro biomecánico, no creía poder encontrar imágenes mas inquietantes: me equivocaba. Cada vitrina estaba repleta de cuerpos de todas las edades y épocas momificados en posturas inhumanas y con rictus estáticos de horror, como si se hubieran congelado en un grito de agonía. Cuando he dicho de todas las edades no me refería a que fueran momias incas o egipcias, que también, me refería literalmente a eso: en la exposición tenían varones y mujeres adultas, niños pequeños y hasta un feto en distintos estados de momificación, algunos verdaderas proezas de la taxidermia, otro atrezo para una película de John Carpenter. Mas de una vez me gire para encontrar el mismo gesto de impresión en mis compañeros. Confieso que hasta no llegar a la zona egipcia no me sentí a gusto conmigo mismo y que los recuerdos que tengo de esa parte de la exposición son borrosos; excepto una vitrina en que explicaba como se momificaba un cuerpo de forma natural y el método jíbaro para reducir una cabeza humana. Es imposible que eso no llamara la atención de nadie.


La sección dedicada al antiguo Egipto fue bastante mas agradable y mucho mas interesante a mi criterio. En varias vitrinas se agolpaban numerosos instrumentos de taxidermia, la mayoría punzones con distintas puntas cuya función sigo ignorando porque me negué a leer las etiquetas. La siguiente vitrina mostraba varios animales momificados: gatos, lagartos, un halcón. Al parecer los faraones no contentos con sepultarse junto a sus esposas y concubinas también debían momificarles los animales domésticos para que les acompañaran al otro mundo, los muy egoístas. Lo que mas me impresiono de esa sección fueron los sarcófagos de madera y el dorado rostro de la tumba del faraón niño, Tutankamon; era una replica, si, pero a mi me fascino.
Subiendo las escaleras la exposición continuaba con un monográfico a Otzi, la famosa momia preservada incorrupta en los glaciares alpino-italianos. Las momias no me iban a dar una tregua, o eso creía, porque tuvimos que interrumpir la visita en ese tramo para llegar a la apertura de la exposición del Titanic. Sin embargo, algunos de nuestros compañeros si pudieron verla en todo su esplendor, con su rostro de alien y un ademan tan castizo como es una peineta. La naturaleza tiene un sentido del humor bastante mas negro que el mio.

A la salida de aquella sala de los horrores y ya encaminados hacia la siguiente exposición un sonido familiar nos sorprendió. Venia de un piano cercano puesto a disposición del publico. En el, un muchacho de mas o menos nuestra edad estaba tocando la canción del anuncio de la lotería de este año con una profesionalidad y perfección que casi parecía grabado. Todo el mal sabor de boca de la exposición se me paso en el acto y fui a ver el hundimiento del Titanic con el pecho henchido de ilusión, ilusión que se me evaporaría en unos minutos al entrar en la sala del hundimiento de El Barco de los Sueños.

Vídeo introductorio del Titanic
Tras un vídeo introductorio bastante emocionante, que creo es un formalismo constante en cada exposición del parque, los guía nos obsequiaron con unas audioguías para enriquecer la experiencia. Y vaya si la enriquecieron. El comentario era tan prodigo y detallista que al salir del edificio te sentías todo un erudito en el tema y deseando sacarlo en la conversación para ser el centro de atención de todas las chatis. Gran parte de la fuerza del recorrido residía en la audioguía, pues si solo se hubiera limitado a los objetos extraídos de la embarcación como remaches, vestidos, cubertería, luces, cabos y nudos marineros, carbon de las calderas, tendría bastante menos que contaros aquí y no hubiera permanecido
casi una hora allí contemplando cada objeto como si estuviera bañado en oro y engarzado en diamantes. Por que si, absolutamente todos mis compañeros estuvimos casi una hora viendo elementos del Titanic y empapándonos de las historias de las personas que vivieron sus últimos minutos en él. Como, por ejemplo, la de los músicos, que permanecieron tocando mientras todos intentaban subir a los botes salvavidas para, según sus propias palabras, “hacer algo mas agradable una muerte segura”. Como muchos otros, se hundieron junto al barco sin intentar ponerse a salvo. Esta una de las muchas historias que durante la exposición me sacudieron y pusieron los pelos de punta; a día de hoy esa es la fuerza que tiene el hundimiento del Titanic y que sobrecogió a tantos cuando vieron la película, a la que también da un buen repaso la audioguia, sacando a coalición algunas decisiones creativas que más que licencias artísticas se enmarcan más en la difamación histórica.  
Maqueta del Titanic

Cuando finalmente concluimos el recorrido y salimos a la plaza del parque me fue bastante difícil contener la emoción. Suerte que ya era hora de almorzar y nos retiramos a un sitio a la sombra, al lado de un ajedrez gigante y unos experimentos hidráulicos encantadores. Poco después de almorzar y terminar una vergonzosa partida de ajedrez a patadas, nos dirigimos al espectáculo de aves rapaces que acababa de comenzar. Mejor dicho, cuando estábamos sentándonos el entrenador compartía con todos los espectadores que a las aves no les gustan los movimientos bruscos durante la exhibición ni que se tenga comida en su presencia, pues podrían cruzárseles los cables y lanzarse contra el incauto que incumpliera estas dos reglas. Si, nosotros estábamos de pie en ese momento, aquella insinuación la recibí tragando saliva.
La exhibición comenzó unos segundos después con una pequeña lechuza que revoloteo graciosamente sobre nosotros y a nuestro alrededor, seguida poco después por un majestuoso búho real que deseaba que no me sobrevolara. Sus alas eran enormes y su batir pesado, pero increíblemente silencioso; tras unas cuantas demostraciones de su envergadura y porte señorial abandonó la instalación para dar paso a las rapaces de verdad, las diurnas. La primera de ellas fue un águila de Harris, una especie de azor de tamaño medio que caza en los bosques americanos sin que sus alas supongan un inconveniente; y para demostrarlo el entrenador lo hizo atravesar las hileras de asientos, con apenas un metro y medio de separación entre estos, y lo hizo sin ninguna dificultad. Luego le siguió un águila escalada, también americana y muy parecida a nuestras águilas culebreras, que llego volando desde su atalaya en el mirador del parque para caer sobre un trozo de carne oculta bajo una lona. La ultima demostración de gracia y maniobravilidad aérea vino a cargo de un halcón peregrino, al que le hicieron perseguir un señuelo atado a una cuerda que no paraba de girar y girar su entrenador. Sinceramente, viendo los giros que daba la cuerda temía que en uno ellos el pobre animal recibiera colleja que lo dejara tieso, pero, lo dicho, era un ave muy hábil. Finalmente, unos buitres entraron a escena sin realizar ninguna cabriola ni mostrarnos sus aptitudes, pues a los pobres los habían herido o envenenado en su habitat natural; sin embargo, conservaban ese aspecto tan característico, entre majestuoso y despeluchado.
Muy cerca de donde había tenido lugar el espectáculo se encontraban, en un recinto apartado, el resto de rapaces en sus respectivos postes. Había rapaces de todo tipo y tamaño, pequeños mochuelos y cernícalos, autillos, varios halcones y águilas de tamaño medio, un buitre que, literalmente, estaba durmiendo panza arriba, y una impresionante águila imperial que ocupaba el centro del recinto vallado. Era tan enorme e imponía tal autoridad que con solo desplegar sus alas hizo el silencio entre sus compañeros que, hasta entonces, no paraban de graznarnos con muy malas intenciones.

Una de las mariposas azules
Nuestra siguiente parada fue el mariposario, bastante mas humilde que la anterior, sin duda. Cuando llegamos, embozados en nuestros abrigos y bufandas, una vaharada de calor y humedad ecuatorial nos abofeteo inmisericordemente y nos lleno los pulmones de un perfume a helechos y palmeras. 
Entre el exuberante follaje se ocultaban mariposas de todos los tamaños y colores: enormes alas pardas con ojos de búho, pequeñas con alas azules refulgentes, mosaicos rojos y algunas atigradas, algunas revoloteaban a nuestro alrededor, aunque la mayor parte de ellas permanecían estáticas en el techo del invernadero y otras sobre las enormes hojas de las palmeras. En el centro de la instalación, para dar aun mas la sensación de estar en Jurassic Park, había una pequeña laguna en la que nadaban perezosamente tres galápagos y varias carpas doradas. Debían estar muy malcriadas, porque se acercaban a nosotros y se dejaban acariciar la cabeza por los cuidadores del mariposario, como si con una carantoña de cachorro fueran a darles de comer. Que les funcionaba, ojo.

Unas vueltas mas alrededor de la laguna y salimos de la instalación, empapados en sudor y un servidor con la libreta arrugada de la humedad. Para despedirnos definitivamente de los exteriores del parque y volver a entrar en los recintos, decidimos recorrer un poco mas sus jardines, sentarnos un rato con la estatua de Darwin o sobre una de sus tortugas gigantes, contemplar las construcciones megalíticas celtas, sentarnos a la sombra de la jirafa de Lamarck y su cuellicorto antepasado, ver el recuerdo en piedra que dejaron los astronautas del Discovery, y perdernos un rato por el laberinto de setos perfumados de azucenas, hierbabuenas, mentas y lavandas.  

A media tarde llegamos al planetario, para mi, junto con las aves rapaces, mi atracción favorita. Desde el momento en que nos sentamos en aquella sala circular y las luces se apagaron alrededor me sentí transportado a un placido valle sin arboles, con los ojos cerrados, sabiendo que en cuanto los abriera ante mi solo se encontraría el cielo estrellado.

Antes de iniciar la sesion...
Y mas o menos fue así. Acompañados por la voz de nuestro guía y los rasgueos de la guitarra de Mike Oldfield -porque en el Parque de las Ciencias también escuchan Célula Prima- pudimos distinguir los planetas de las estrellas que pueblan nuestro cielo nocturno, distinguir Leo de la Osa Mayor, orientarnos gracias a la Estrella Polar, ver la luz agonizante del gigante Antares en la constelación de Scorpio, y aprendimos a encontrar Pegaso y el cinturón de Orión. Uno se sentía muy pequeño bajo el cielo nocturno artificial, y al salir uno seguía con esa sensación de indefension, unida a un ligero dolor de cuello por mantener aquella postura tan incomoda. 

Desde ahí aprovechamos para visitar la enorme atalaya con las dos hormigas gigantes trepando, signo de identidad del parque y rasgo mas identificativo de este. Por suerte, no subimos demasiado tarde y aun pudimos ver la ciudad de Granada con suficiente luz como para apreciar sus la catedral, la Alhambra y el Mulhacen con su cima nevada gracias a los prismáticos que habían -gratis, sorprendentemente-. Aunque lo mejor de aquella subida fue la bajada, en la que a cada tramo de escalera superado un panel informativo te indicaba que ser vivo alcanzaba esas dimensiones, como por ejemplo, una secuoya, un braquiosaurio... una tenia, de 17 metros de altura. Una información necesaria para comer tranquilo.

Ya nos acercamos al ultimo tramo de la excursión y a las ultimas exposiciones, las, a mi entender, mas genéricas y aburridas de todo parque temático de esta índole. Tras dar un breve paseo por una sala repleta de animales disecados en distintas acciones y un pequeño taller en que un taxidermista nos enseñaba someramente como realizaba su trabajo encurtiendo lo que parecía ser una cabra; y subrayo el parecía porque era un armazón de corcho-pan con una cabeza caprina sin ojos ni cuernos; nos dirijamos a la exposición sobre el cuerpo humano y la medicina. Y como es habitual en el parque de las ciencias, la bienvenida siempre ha de venir de un ser informe y monstruoso, esta vez, un aparato circulatorio humano sin osamenta ni musculatura, una especie de medusa sanguinolenta con forma humanoide preservada en formol que me quito la poca hambre que de por si ya tenia. Dentro de la enorme sala, presidida por el esqueleto suspendido de una ballena, se encontraban innumerables experimentos que explicaban las extraordinarias capacidades de nuestro cuerpo humano y el de otros mamíferos. Por ejemplo, una maquina que te estornudaba con la fuerza de un huracán, otra que se reía de tus problemas psicomotrices al ser incapaz de tocar una varilla metálica al mirar por una rejilla, otro te exigía un salto de fe al querer hacerte probar cinco sustancias que emulaban los cinco sabores de nuestra lengua, una cámara térmica que te hacia sentir un Predator extraviado y una célula eucariota por si los biólogos sentíamos nostalgia. También, en varias peceras, se encontraban los llamados ecosistemas cerrados, unas peceras herméticas con algas y gambas perfectamente autosuficientes siempre y cuando estén iluminadas por un foco, y un magnifico ejemplar de fósil viviente, un nautilus vivo que me dejo boquiabierto, nunca había visto uno salvo en libros. Poco mas puedo decir de esta sala sin sonar redundante, salvo por una excepción: había un torso humano de plástico al que podías eviscerar y recolocar sus órganos a tu gusto, y era una delicia ver como los críos le ponían el hígado en el corazón al desdichado maniquí. Aish, esos pequeños angelitos.


Nautilus
Al principio he mencionado el esqueleto de una ballena, pero he olvidado a sus otros compañeros; y es que en el piso de arriba, al que se accedía por una escalera cuyo lateral tenia una enorme superficie tapizada de blanco que se suponía era la superficie de los pulmones humanos extendidos. Inquietante. Allí en el piso de arriba habían bastantes mas esqueletos de distintos animales: ciervos, leones marinos, zorros voladores, caballos, leopardos... Ademas de varios animales disecados tras unas vitrinas altísimas. Finalmente, muy cerca de la salida, se encontraban unos cuantos cuerpos humanos modelados en cera que presentaban distintas malformaciones y patologías cutáneas. Pero un servidor ya había tenido suficientes impresiones morbosas a lo largo del día, por lo que se escapo del grupo en cuanto tuvo la oportunidad y se dirigió a la sala de los riesgos laborales.

No voy a extenderme mucho hablándoos de esta sala porque, francamente, no se que interés podría tener para el común de los visitantes una zona en la que solo hay sillones ergonómicos, fotografías de accidentes de coches y desastres naturales, esculturas de coches destrozados y... una maquina en la que pones la mano para sentir en el pecho la magnitud de un terremoto. Vale, esa ultima si merecía la pena solo por el hormigueo que dejaba en tu cuerpo luego de utilizarla. Todo lo demás era completamente prescindible de visitar, bajo mi humilde opinión, no había nada interesante que justificara una visita.
Ya se acercaba la hora de partir cuando me fije, sorprendido, en que no había pasado ni un solo momento sin hacer nada, todo el día, desde las 11 que entramos hasta las 6:30 que nos recogieron, había estado dando vueltas y viendo atracciones, leyendo paneles y contemplando animales sin haberme aburrido ni un solo instante. Al comienzo de la excursión lo que mas me preocupaba era ver el parque y pasar las horas muertas sin saber que hacer, y fue entonces cuando comprobé que incluso una sala no la habíamos podido llegar a ver por falta de tiempo. Hasta la fecha, de todas las veces que he visitado el parque, desde que era un crio de primaria, pasando por la ESO y el bachillerato, nunca había tenido una experiencia tan grata y completa como esta vez, en la que he podido sacar todo el jugo y con una compañía tan estupenda y divertida. Recomiendo encarecidamente este viaje a todos los que disfruten viendo esta clase de museos y a los que simplemente quieran pasar un buen día entretenidos y aprendiendo los misterios mas humildes de la ciencia de la forma mas amena y divertida. Compensa madrugar un poco solo para poder apreciar en su totalidad las atracciones y en ningún momento sentirás que te has aburrido o que no sabes que hacer hasta el regreso del autobús.

Granada se despide...
Muchas gracias por aguantar hasta aquí esta improvisada crónica del que probablemente sea el espectador mas aprensivo, quejica y parlanchin de todo la asociación LUCA, al que por desgracia dejaron al mando de este blog para traeros esporadicamente sus impresiones de las actividades; que, viendo el éxito de esta, no tiene intención de perderse, para vuestro gozo o desolación, queridos lectores.

  


  




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